martes, julio 14, 2009

Decir palabrotas no es tan malo.

Suena el teléfono, corres raudo y veloz a por él, pero en el camino calculas mal y te golpeas la espinilla con la mesa, la punzada de dolor es tremenda. Lo primero que hacemos además de llevarnos las manos a la zona golpeada, es soltar una buena colección de palabrotas. Ahora estás intentando clavar un clavo para poder colgar el último cuadro que has comprado, pero otro maldito error de calculo hace que el martillo, en lugar de golpear el clavo, acabe dando de lleno en tu dedo. Soltamos el martillo, empezamos a decir todos los insultos y palabrotas que se nos ocurren, hasta que el dolor decrece. ¿Quién no ha pasado alguna vez por una situación semejante? ¿Por qué somos tan bobos que durante esos momentos de dolor decimos palabrotas como si el martillo o la mesa pudieran entendernos? ¿O tal vez hay una buena razón para actuar así?

Desde Science descubro que en la revista científica NeuroReport, se va a publicar una investigación llevada acabo por el psicólogo Richard Stephens de la Universidad de Keele en el Reino Unido. Dicha investigación parece arrogar algo de luz sobre este curioso asunto.

Richard Stephens se planteo por primera vez la posible relación entre decir palabrotas e insultos con el dolor durante el nacimiento de su hija. Durante el parto, su mujer dijo de todo, aunque luego se mostró muy arrepentida por todo lo que había dicho.

Para poder hallar esa posible relación se llevó a cabo un experimento. Cogieron dos grupos de personas una que diría palabrotas e insultos y otro que no podría hacerlo. Se les introdujo la mano en agua helada y tenían que aguantar con ella dentro todo lo que pudieran. El resultado es que las mujeres que podían gritar palabrotas e insultos de media aguantaron un 44% más de tiempo con la mano en el agua helada que las mujeres que no podía decirlos, en el caso de los hombres sólo aguantaron duraron un 30% más con la mano dentro.

Parece ser que el decir palabrotas aumenta nuestra capacidad de resistencia frente al dolor. No obstante, como ha señalado el psicólogo Jamie Rhudy de la Universidad de Tulsa, hay que tener en cuenta que la reacción en un laboratorio no es la misma que cuando uno está casa, el contexto social a la hora de decir palabrotas influye, no es lo mismo decirlas en privado, que en presencia de gente. Lo cual podría afectar a la percepción del dolor.


Ismael Pérez Fernández.

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